Clinamen

¿Era ella consciente las dos veces que lo hizo? Si no lo era, seguramente hoy no lo recuerda. Y si fue consciente, qué pasará por su mente y su cuerpo cada vez que volvemos a cruzar nuestras cálidas miradas… Estos y otros pensamientos lo invadían cada vez que él la recordaba, cada vez que volvía a tenerla en frente. Habían pasado algunos años de aquel impulso con el que ella rompió el paralelismo de dos vidas que hacía tiempo precipitaban tediosas en el vacío de la rutina.
Entre ambos, en su encuentro, adquirieron una entidad que no habían obtenido con otros. Desde el primer encuentro, cada uno crea infinitos universos con la imagen del otro. Ambos tejen una trama que queda en el espacio de lo indecible, de lo puramente sintiente. Se refugian en el halago mutuo, en el espacio creativo que les permite transgredir el tiempo, la distancia, sus cuerpos, la materia, las imposturas… todo. Y sin tocarse se sienten cada vez que encuentran el modo de entrar en falso contacto.
La manera en que lo hacen no tiene antecedentes en la empiria de sus cuerpos. Es un falso contacto cuasi anónimo, intencionado. Uno acciona y el otro siempre responde. Uno brinda lo que nunca antes brindó a nadie y el otro recibe lo que en su vida creyó que podía recibir.
Con la impaciencia que caracteriza a estos ansiosos, cuando uno acciona sobre el otro, sobre todo, cuando están muy lejos, surge la gran pregunta: ¿QUÉ SENTIRÁ EL OTRO ? Una pregunta siempre dirigida hacia sus adentros, jamás hacia el otro. Y en el instante en que se la formulan, cada uno crea la fantasía según la necesidad de la mañana que saben resultará agobiante o de la tarde que se pierde en el aburrimiento… o de la noche que cada uno experimenta en su particular soledad. Según sus visiones, nadie tiene el derecho de abolir la libre creación de estos universos, nadie tiene el derecho de revertir lo que firmaron en aquel acuerdo tácito, el que ella propuso tras aquel impulso y al que él suscribió con su silencioso disfrute.
¿QUÉ SENTIRÁ EL OTRO? se repreguntan desde aquel rincón privado de sus hogares, mientras ambos cuerpos laten.
¿QUÉ SENTIRÁ EL OTRO? en el constante repreguntar, en el estar recíproco del falso contacto, una y otra vez dan inicio a las sensaciones que esperan tengan una correspondencia. Así hacen del apetito carnal propio, el apetito del otro. Así, de tanto en tanto, ambos, cada uno en su rincón solitario, reproducen en simultáneo la misma fantasía, la que los conduce hacia su cómplice goce masturbatorio.
La fantasía con la que a menudo suelen sincronizar sus sensaciones sucede en un lugar común a ambos: la casa en la que suelen verse cotidianamente. Sedienta e insomne, en una madrugada lluviosa, ella camina por un pasillo que se bifurca en dos direcciones: del lado izquierdo se encuentra la cocina hacia la que se dirige en busca de agua; hacia la derecha se encuentra la biblioteca, lugar del que ve fluir una tenue luz por el umbral de la puerta. Con la paciencia de quien no le queda más remedio que la espera, llena el vaso. Se apoya en la mesada y se queda mirando las figuras que se dejan adivinar en el claro oscuro que genera la luz que viene de la otra habitación. Invadida por el impulso automata de dar fin a la existencia de aquella luz que seguramente estaría encendida en vano, comienza a caminar en dirección a su origen.
Con paso macizo cruza de una sola vez ambos umbrales sosteniendo el vaso. Al atravesar el segundo, ahora en un habitáculo donde la luz hace perceptible muchas cosas, su mirada da de lleno con la figura de él, quien se encuentra sentado, leyendo en un sillón .
El encuentro resulta sorpresivo e impactante para ambos. Sus cuerpos responden a la presencia del otro con un leve temblor inevitable. A lo igual que en la vida real, predomina el silencio acompañado por el sonido de la lluvia que se pega en la ventana que está detrás de él. En ese espacio, en el que resultan invisibles para todos, ella tiene el valor de acercarse. No dejan de obervarse en ningún momento. Apoderada por aquel PRIMER IMPULSO se sienta a su lado pidiendo perdón por lo que está por hacer. Él la observa siguiendo cada movimiento, aprobando con su silencio la advertencia lanzada por aquella.
Después de haber soltado esas palabras, todo lo que permaneció indecible por dos años, es expresado de súbito mediante acciones. Mirando, cómo tantas veces, sus ojos y labios, ella se aproxima irrefrenable a su boca. Él la recibe con gusto acariciando con el labio inferior el labio superior de ella. Al sentir la respiración del otro, el beso comienza a volverse más intenso . Sus bocas comienzan a abrirse y a estrecharse, sus lenguas se encuentran en el camino degustándose. Y las exhalaciones y el ritmo cardíaco de ambos aumenta. El beso se vuelve profundo. Ella no recuerda si alguna vez alguien había correspondido así a uno de sus besos. Él jamás recibió uno con tal intensidad.
Y el juego de sus bocas se complementa con el de sus manos. Ambos se acarician, buscan aquellas partes que despiertan el apetito del otro y el suyo propio. Ella siente como las manos de él acarician su cuello bajando a la par. Siente sus falanges arribar el montículo de sus senos. Siente que la palma los cubre, dándole leves apretones a toda su masa. Y se posan en sus pezones por fuera de la ropa.
Sin dejar de devorar sus labios, asfixiándose, ella también acaricia el cuello de él. Y con sus manos siente el calor y no puede detenerse, no puede dejar de buscar. Sin pensarlo, recorre el cuerpo de su amante con una de sus manos: el recorrido inicia en la nuca, pasando por el costado derecho de su espalda, yendo hacia adelante y sin despegarse cuando acaricia su abdomen… todo un viaje que termina en su entrepierna. Al llegar allí siente un enorme bulto por encima del pantalón. Posa su mano y lo roza repetidamente, lo palpa y lo presiona con distintas dosis de su fuerza.
Él suspira y se aleja de su boca por unos segundos cuando la presión de aquella mano llega a su máxima intensidad. De a poco ella abandona su boca para recorrer su cuello con la suavidad de sus labios. Su cuerpo entero se estremece cuando percibe el filo de sus dientes enterrándose con ternura en su piel. Ella se va recostando en el sillón de modo que traza el camino descendente que implícitamente lo obliga seguirl. La primera inclinación lleva la boca de aquél a sus pechos. Él, deseoso de su carne, besa el tramo de los senos que deja ver su camisón rosa.
Ambos se miran deseando hasta la claridad de sus miradas. En pocos segundos, él descubre uno de sus senos y con el máximo cuidado los presiona con sus labios y lengua. Lentamente, ella se relaja ante la calidez de la saliva, de la tersura de la lengua de aquel mientras acaricia sus cabellos. En el instante que todo parece calmarse, sus nervios explotan al sentir un mordisco justo al rededor de su pezón. Acción por la que ella rompe con la monotonía de los suspiros y de la lluvia que golpetea contra la ventana. Rompiendo algunos de los botones de la camisa de él, ella rodea su espalda por uno de los costados.
A escasos segundos, él vuelva a morder su carne con mayor profundidad. Acto al que involuntariamente responde clavando sus uñas en la nuca de aquel. Ambos están recostados en el sillón, con sus piernas enredadas. En todo momento ella siente la erección permanente contra uno de sus muslos. De a poco, ella continúa deslizándose de manera que él queda ante su abdomen, el cual besa por encima de la tela. Mientras lo hace, ella nota que él se encuentra embriagado por el aroma de los fluidos que emanan apenas una decena de centímetros más abajo.
Ambos se miran, mientras ella contrae sus rodillas hasta sus pechos. Tras ese acto, él procede a acariciar sus pies y a besar sus rodillas. Ella siente el calor de su respiración y de sus labios transitar por el interior de sus muslos. Ella lo sigue detenidamente con la mirada mientras abre las piernas. Los besos llegan a la altura de su pelvis… lentamente se interna en su entrepierna besando los costados de su vagina.
El cuerpo entero de ella late expectante. Él se concentra en el contorno, descubriendo que la piel de esa mujer sabe distinto en cada lugar. Hambriento e incontenible, en un solo impulso, él atraviesa su vagina con la lengua; acto por el que ella vuelve a romper la monotonía de los suspiros y la lluvia.
Ella está empapada. Siente la tersura de aquella lengua en los más profundo de su carne, en las paredes de su lujuriosa cavidad, en su hipersensible clítoris. Él la saborea, se hunde en ella sin pensar. Siente el calor de aquellos líquidos en sus labios, líquidos que chorrean por su mentón.Ella lo aprisiona con sus piernas rodeándole la espalda.
Acaricia sus cabellos con su mano izquierda mientras que con la derecha se presiona uno de sus pechos. Él siente como el cuerpo entero de ella hierve. En la medida que la suavísima fricción aumenta y presiente que va explotar, ella repite su nombre rogándole que no cese.
Con extrema lujuria, ella encuentra el ángulo para mirarlo a los ojos. Con su mano izquierda presiona la cabeza de su amante contra su concha. Ya sin posibilidad de contenerse, explota con un intenso orgasmo en su boca. Su cuerpo se retuerce de manera involuntaria. Oponiendo resistencia a esa torsión, ella no deja de mirarlo.
Él siente fluir la descarga hasta su garganta. Completamente ebrio, traga hasta la última gota casi sin pensar, mientras hace un juego lento con su lengua, juego que acompaña el estado de calma en el que entra su compañera.
Lentamente, ella abandona la mirada de él. Lentamente se recuesta, mientras siente que las palpitaciones disminuyen. Él acompaña sus movimientos acariciando la parte externa de sus blancos muslos. Sin mirarlo, ella encuentra su mentón con su mano derecha. Siente la respiración de él en la palma de la mano mientras le devuelve la caricia.
En escasos segundos, él comienza el camino de regreso a la boca de ella. Ella se encuentra inclinada, de modo que para volver a alcanzar aquellos labios se ve obligado a escalar su piel. Trepa aquel cuerpo con sus labios, con sus manos. Ella percibe, rendida en el sofá, como toda la juventud de su compañero se desliza a través de su piel.
Siente como aquellos labios retoman en sentido contrario el sendero que la condujo a vivir una experiencia inédita en su vida. Siente aquellos labios subir por su abdomen. Siente aquellas manos deslizarse por los costados de sus senos. Siente sus labios otra vez en sus pechos. Siente la tersura de su lengua, la cortante dureza de sus dientes en sus pezones. Y sus manos siguen subiendo, rozan sus hombros, su cuello.
La boca de aquel sigue el mismo camino. A lo largo del recorrido, ella se siente penetrada por el aliento agitado de su cómplice compañero. En tanto sus cuerpos se van emparejando, la erección de él impacta con las distintas zonas del cuerpo de ella.
En pocos minutos él vuelve a llegar a su boca. Sus labios y lenguas vuelven a encontrarse en un beso tierno. La mano de ella recorre el costado del cuerpo de aquel por debajo de la camisa a la que no le quedan botones. Ella se embriaga con el aliento de él y recobra de súbito su deseo.
El beso no cesa y el recorrido de su mano derecha tampoco. Lentamente la mano se cuela por la parte delantera del pantalón de aquel. En escasos segundos las puntas de sus dedos se encuentran con un erecto y húmedo trozo de carne. Al entrar en contacto ambas sensibilidades estallan, lo que hace que el beso se vuelva más profundo y violento. Movida por el deseo de sentir con el tacto aquel musculoso miembro, ella clava suavemente sus dientes en los labios de aquel, mientras adentra con fuerza su mano en lo profundo del pantalón rompiendo la atadura de su único botón.
En un instante, él siente como toda la mano de su amante se posa y apretuja su carne aplicando distintas dosis de fuerza. Él se echa para atrás lanzando al aire suaves gemidos. Lo mira y lo vuelve a traer a su boca enredandolo con el brazo izquierdo. Lo trae hacia sí para devorar su cuello con una intensidad inusitada. Mientras lo muerde profundamente domina su voluntad y sensaciones con una serena masturbación. Tras abandonar su cuello, trae el cuerpo de aquél hacia el suyo de modo que su verga se adentra por en medio de sus pechos. Ambos sienten el calor y la tersura de sus pieles,ambos ven el reflejo de sus placenteras expresiones en los ojos claros del otro.
Nuevas caricias acompañan el sentir de sus cuerpos: las manos de él se posan sobre los laterales de sus pechos, de modo que utiliza su masa para aprisionar su miembro. Las manos de ella recorren lentamente los muslos de él. De este modo, un nuevo juego comienza, primero con el roce calmo de su carne viril entre sus tetas,lo cual los lleva a un disfrute relajante.
La fricción aumenta al ritmo de su excitación, fricción que se va tornando salvaje…deseosa de multiplicar sus sensaciones, ella lleva el frote de la húmeda y enrojecida verga de su amante a sus pezones; la aprieta contra su pezón izquierdo, lo masturba aplicando con fuerza la palma de su mano izquierda.
La proximidad de la carne genera en ella un apetito indescriptible. Dominando aún el cuerpo de su amante, ella frena el refriegue empujando hacia atrás el cuerpo de aquel. Ahora él se encuentra recostado y ella acerca el rostro hacia su pecho para besarlo; baja con cierta ligereza hacia su abdomen repitiendo el mismo acto, llega hasta su pene para comerlo de un solo y violento bocado.
En escasos segundos él siente atravesar aquella boca hasta su garganta: ahora es él el de los suspiros, el de los gestos que definen la lujuria que los condujo a semejante acto carnal. Él observa aquellos labios abrazando aquel trozo de carne, ella posa su mirada en el rostro de aquél para disfrutar del placer que generan los suaves mordiscos que le propina, el placer que genera el constante jugueteo de su lengua; a veces invisible en la humedad de su boca, otras visible compartiendo la sensual travesura con sus manos.
Él siente que su combinación es perfecta: mientras sus dos manos sujetan aquel carnoso miembro, su lengua lo envolve en cientos de lamidas. Un líquido viscoso y transparente brota de su verga cuando su lengua lo recorre por debajo del tronco hasta llegar a su cabeza; al encontrarse, ella se aleja formando un hilo transparente dibujando en simultáneo una sonrisa inmensa. Tras distanciarse, ella regresa para volver tragárselo desaforadamente, para llevar sus casi veinte centímetros de carne hasta su garganta en un delicado roce con sus dientes; lanzando feroces gemidos, él vuelve hacia atrás la cabeza de su amante con sus manos para sentir infinitas veces la tersura de su lengua.
Empapada, no pudiendo soportar el apetito de su vagina, ella abandona aquel pene y se deja caer en el sillón. Él acompaña su caída lamiendo su torso. La proximidad con su piel lo lleva a percibir nuevamente los vapores de la calentura de aquella. Sin poder soportarlo más, ella vuelve a tomar con fuerza aquella verga y roza su cabeza contra la carne de su concha. La suavidad los hace gemir. Se miran mientras se respiran en sus bocas. Se miran mientras él la va penetrando. Después de muchos años, ella siente como aquel pedazo de carne activa todo su aparato sensitivo. Al percibir su disfrute, al percibir que esa concha revalsa en líquidos, el acto se vuelve violentisimo.
Él empuja su verga hasta lo más hondo de ella. La siente rozar contra las paredes de su concha. Cada vez que el cava hacia a lo profundo, ella ahoga su grito mordiendo el cuello de él. Cada vez que siente desgarrar su carne interna, ella hunde sus uñas en la piel de aquella joven y suave espalda. Y la posición de ambos en aquel sillón es cambiante. Entre caricias y mordiscos ella logra quedar de espalda. De aquí que él la enreda con sus brazos por debajo de las axilas, la toma de los hombros y vuelve a penetrarla mientras muerde su cuello. Ella siente como la verga entera se dobla en su interior. Ambos logran erguir su cuerpo. Ahora él apretuja sus pechos, mientras recorre su cuello hasta llegar a su boca. Se encuentran y se devoran nuevamente las bocas mientras él la hace desfallecer con cada empujón.
Él está apunto de estallar, pero ella quiere que resista, dado que desea vivir una experiencia que si bien siempre le trajo una especial curiosidad, nunca se animó a probar. De aquí que mientras su compañero no dejaba de penetrarla, entre gemidos ella le pidió perder su virginidad anal; virginidad que ella le había manifestado en una poco convencional charla familiar. A los pocos segundos de haber oído su tentador pedido, él se encuentra refregando su carne viril entre sus nalgas, por sobre la superficie de la entrada del ano. A veces ella siente rozar la epidermis del tronco, otras la del furioso y húmedo glande , el cual se cuela unos pocos milimetros en su cavidad.
Al hacerlo, ella mece su cuerpo hacia atrás; gesto con el que lo invita y conduce a su definitiva penetración. A diferencia de como sucedió con su boca y vagina, él comienza a cavar lentamente en el interior de la carne de su compañera. Mientras él siente una presión inexpresable en su sensibílisimo músculo, ella vive una experiencia inédita en su cuerpo: leves desgarros en la carne de su ano le producen un placentero dolor, dolor que se traduce en una excitación rabiosa. Su concha vuelve a inundarse, mientras siente que él vuelve a rodearla con sus brazos, a presionar sus pechos con sus manos, a besar y morder su cuello.
El dolor y la excitación aumentan en la medida que sus casi veinte centímetros de carne se materializan en su interior, en la medida que él abandona con una de sus manos su busto para penetrar su vagina con sus dedos. Tras la doble penetración, los gemidos de pronto se convierten en gritos, los cuales hacen eco en la inmensidad de la casa. Perdida en la lujuria, con su garganta desgastada, ella le pide que culmine el acto con toda su fuerza, a lo que él responde con todo el peso de su cuerpo. Acostado sobre ella, tomándola de sus hombros por delante, acelera con pasión y sin reparos el movimiento de su pelvis.
El dolor y el placer se manifiestan en sus lágrimas y en sus gritos, los cuales llegan a su máxima expresión cuando siente explotar aquella joven verga, la que rebalsa de leche hirviendo su virginal recinto. Acto que desencadena en ella el orgasmo que nunca había experimentado y que nunca pensó experimentar a esta altura de su vida.
Colmados de sensaciones, todos vuelven solitarios a sus cotidianos rincones. Sus cuerpos han experimentado la libertad proveída por sus mentes. Todos, en un silencio complice, han logrado transgredir las imposturas habidas.