Mucho más que un almohadón nos separa en aquel sillón donde estamos sentados y tapados hasta el cuello con una frazada. Fuera, no cesa la tempestad que me obligó a pasar la noche en tu casa. Quizá por la temática, quizá por el horario, todo mundo se ha ido del pequeño habitáculo donde aún ambos permanecemos mirando la película.

Pasados diez minutos en tu silenciosa compañía, comienzan a sobrevolarme recuerdos que me desconectan de la trama. Son recuerdos relativos a dos hechos puntuales, los que me condujeron a desearte hasta el presente.

El primero sucedió aquél medio día en en el que ambos compartíamos la mesa en una gran reunión en casa de un amigo en común. Había transcurrido un año de conocernos y era nuestra segunda navidad juntos. Recuerdo que ese viernes estrenaste un vestido escotado de predominante color azul que iba en degradé, azul que contrastaba con el rosa de incontables mandalas, los cuales trabados unos con otros reaparecían a lo largo y a lo ancho de la tela. A ese atuendo lo acompañaban dos colgantes: uno que recuerdo de color metálico en tu cuello y otro de color blanco en tu tobillo derecho. Tu apariencia cerraba con unas sandalias de un resplandeciente turquesa. No supe apreciar cuan bien te quedaba toda aquella vestimenta, hasta que en un momento de aquel mediodía apareciste por detrás de mí y apoyaste tus cálidos pechos sobre mi nuca. Lo hiciste súbita y silenciosamente por varios segundos, dejándome desconcertado. Desde aquel día, prácticamente todos los días, trato de ver en perspectiva ese hecho para deserotizarlo, pero no encuentro elementos que logren ese efecto. Antes bien, encuentro elementos que intensifican su eroticidad.

Pienso, primero, en el espacio: aunque éramos muchos, habia lugar suficiente para pasar entre los comensales sin entrar en contacto físico. Luego, pienso en el modo de desplazarse: por lo general, cuando alguien sirve en una mesa se desplaza uno a uno entre los que están sentados (de izquierda a derecha o viceversa), pero vos apareciste de golpe, detrás de mí, para luego desparecer. Después, pienso en que pudo ser un hecho accidental a raíz del movimiento típico de servir la comida, pero si bien vos tenías una bandeja en la mano, no me la estabas ofreciendo a mí, ni a los que me rodeaban.

Cada vez que repaso esta serie de elementos, termino por descartar la posibilidad de que haya sido accidental. Que lo haga, no implica que no crea que haya sido involuntario. Lo curioso de esta posibilidad es que si bien nos permitiría descartar algún tipo de premeditación, evidenciaría que la razón que te condujo a posar tu cuerpo sobre el mío es más bien visceral, fruto de un impulso de tu inconsciente, de un deseo que ni vos misma terminás de comprender y controlar. Indagar en esta posibilidad, más de una vez, me ha llevado a plantearte en secreto el mismo interrogante ¿qué te habrá llevado a desearme con tal intensidad? Al hacerte esta pregunta caigo en un abismo de posibilidades: ¿mi cara?, ¿mi cuerpo?, ¿mi forma de ser?, ¿la transgresión del vínculo que nos une?, ¿nuestra diferencia de edad?, ¿la búsqueda de un disfrute inédito?, ¿sentirte deseada por alguien deseable?, ¿insatisfacción?¿ curiosidad ?,¿dispersión?,¿creatividad?… no lo sé. La única certeza que tengo es la de que tu deseo es real. Si tengo esta certeza es porque, en un contexto similar, un almuerzo más pequeño, volviste a repetir el mismo acto. Debo reconocer que, a diferencia de la primera ocasión, yo estaba esperando a que aconteciera. Por eso, cuando volviste a posar tus pechos sobre mí ese mediodía, me tomé el atrevimiento de recostarme sutilmente sobre vos. Supongo que habrá sido lo suficientemente sutil como para que te dieras cuenta.

Antes de que el primer hecho aconteciera, eras invisible para mí. Luego, cobraste la entidad suficiente como para ocupar un espacio que nadie había logrado cubrir de tal manera en mi vida: abriste un universo de fantasías que le quitaron toda su frialdad a mi rutina, que lo colmaron de la poesía que le faltaba. ¿Cómo y qué entidad cobraste? Son preguntas que encuentran una respuesta en las respuestas que ensayo para cada una de aquellas preguntas que a diario te hago en secreto. Tales respuestas son como vías de acceso a una parte muy profunda de tu interior. Una parte de tu interior que siquiera ha sido explorada por vos misma. Es un terreno virgen, tanto como la parte de tu cuerpo que sé por comentario tuyo que aún no ha explorado el sexo. Al descender, la temperatura de mi mente y mi cuerpo aumentan proporcionalmente. Cuando parte de ese interior se vuelve visible para mí, justo en ese instante, ya no puedo seguir descendiendo: tu interior termina en una fosa de magma brillante y exquisita, el que hierve a causa de mi presencia. Lo único que me atrevo a hacer es quedarme a contemplarla a la distancia. Mientras lo hago, caigo en la cuenta de que he descendido en el interior de un volcán que ha comenzado a despertarse tras haber estado dormido por décadas. Saber que soy el factor que ha hecho hervir ya ese magma e imaginar todo lo que acontecería si ese volcán explotase, son las razones por las que, a partir de los hechos que protagonizamos, te deseo cada día un poco más.

Saboreando los segundos – infinitos en mi mente- del placer que compartimos en tus dos arrebatos mágmicos, es que en este instante me tomo el atrevimiento de mirarte. La luz que emite el televisor baña por completo tu rostro de un tono azulado. Aunque la oscuridad y ese azul transmutan y enfrían el cálido color de tu mirada clara, no logran desdibujar la esencia de la belleza de tu rostro; la simetría de tus rasgos faciales sobreviven a la penumbra. A la distancia contemplo cada línea, cada curva, las que en su conjunto se aprecian mejor en tanto que tenés el cabello recogido. Leyendo entre líneas tu rostro, descubro que estás relajada.
Es la primera vez que dispongo de tanto tiempo para contemplarte. Los recuerdos me prohiben que aparte mi vista de tus labios, de tu nariz perfecta. De pronto, una escena sorpresiva de la película te genera un sobresalto que empuja tu visión hacia donde estoy. Esa interacción de miradas azuladas parece ser el punto de inicio de tu intriga. Ahora, en lapsos relámpagos, tus ojos se desvían de la pantalla para volver a encontrarse con los míos. Cada relámpago azulado me estremece, cargando de sensaciones mi cuerpo.

Intento leer tu rostro nuevamente para saber cómo seguir… lo encuentro indescrifrable. No hay tensión entre nosotros. Lo que hay es más bien una pulsión que viene de mi. ¿La misma que sentiste vos en aquellas dos oportunidades? Tal vez.

Fuera, la tempestad se pacifica. El viento parece haber rotado y, si bien ya no tiene la furia de hace diez minutos, ahora da de lleno contra la ventana que está detrás de nosotros: un aire frío y húmedo se cuela por las imperfecciones de los burletes. Ante este hecho, dejás al descubierto tu cuello bajando la frazada a la altura de tus hombros; una acción que no me sorprende, en tanto que sos la única mujer que conozco que bien sabe disfrutar del aire frío. A un almohadón de distancia, veo el placer que te produce su llegada: cerrás los ojos, das lugar a una profunda y lenta inspiración, completando el ciclo con una expiración inaudible. Por treinta segundos, tengo la impresión de que el televisor, este sillón, la ventana, yo, en resumen, todo los que existimos hemos desaparecido para vos. Con los ojos cerrados, ponés tu cuerpo de costado en el blando espaldar, mientras llevas tus piernas hacia el pecho en un autoabrazo. A un almohadón de distancia, nuestros rostros quedan ahora enfrentados. Es inminente, tu próxima mirada será arrojada de lleno sobre mí.

Mi ansiedad aumenta en la medida que transcurre cada segundo de espera, la que es barrida sorpresivamente a causa de la súbita apertura de tus párpados. A tu presencia y cercanía se le suma ahora este impacto intangible, el cual se hace con el control de mi cuerpo. Tu atenta mirada, como ha sucedido ya en más de una cotidiana oportunidad, me genera una implosión de sensaciones secretas que siquiera a esta distancia podés percibir: llena de cosquilleos intermitentes mi piel, entrecorta mi respiración, hierve mi sangre, la que fluye furiosa en dirección a un solo lugar. Ante todo lo que ocurre en mí, me pregunto: ¿qué ocurrirá en vos en este instante? instante en el que me lees semirecostada en este sillón, instante en el que te convierto en la protagonista de apenas una de las tantas fantasías que te dedico en mis escasos momentos de ocio. Otra pregunta que quedará sin respuesta. El contexto no nos permite hablar, solo contemplarnos a un almohadon de distancia.

No estoy seguro sobre qué parte de mi rostro se detiene tu mirada. Mis ojos se concentran en tu boca. Todo lo que sé de esta parte de tu cuerpo se basa en intuiciones y experiencias fantásticas. Las intuiciones me dicen que hace tiempo tus labios no perciben el tacto sincero y apasionado de otros labios. También me dicen que hace tiempo tu lengua no degusta el sabor cárnico de otra lengua, de otra piel… que quizá tu garganta nunca sintió el líquido ardor del sexo. A raíz de estas intuiciones, emergen múltiples experiencias fantásticas. Nos veo acariciando nuestros labios por tiempo indeterminado. Nos veo saboreando nuestras lenguas con un profundo deseo. Nos veo devorando a salvajes dentelladas cada centímetro de nuestro cuerpo. Nos veo tragar cada fluido hirviente expelido por nuestros cuerpos.

Miro tu boca y las secuencias fantásticas pasan una y otra vez por mi mente. Ahora que estás tan cerca, ahora que tenemos todo el tiempo del mundo para mirarnos, no reprimo ninguna sensación: tras el constante devenir de todas estas imágenes no puedo evitar que una potentísima erección se apodere de mi cuerpo. Miro tu boca y siento que toda mi carne se endurece.
Ahora, miro tu nariz perfecta . Al observar con detenimiento cada curva y contracurva pienso que, incluso en este momento, no estoy lo suficientemente cerca como para que sepas cómo huelo. Hay tanto del otro que desconocemos.

Con placer contemplativo, vuelvo a encontrarme con tus ojos. Siguen azules. Aunque debo decir que hoy tienen algo que trasciende a su color. Azules o celestes, hoy no me cautiva precisamente su color. Hoy lo que me cautiva es su capacidad reflectante. Te miro y nos veo en ellos. ¿Qué veo? Mucho más de lo que está en nuestra superficie. Veo nuestro propio deseo. Deseo que no sería tal y no disfrutaríamos tanto si no estarías del otro lado expectante. Porque mientras estés del otro lado con los ojos abiertos, no hay razón para que este juego silencioso se detenga. Tal es el poder de tus ojos.

Vencido por sus influjos, avanzo hacia vos sin pensar. Lo hago lentamente, por debajo de la frazada, arrastrando mi mano sin pausa. Más me aproximo a tu cuerpo, más aumenta la temperatura de ese oscuro y asfixiante microambiente. Vos seguís ahí, hermosa y despreocupada, sin advertir que voy a tu encuentro. En apenas unos segundos de recorrido, me topo con el dulce filo de una de tus uñas.

Su sutil y ciego impacto me arroja casi tres años en el pasado, a tu último natalicio antes de inaugurar una nueva decena. Lo primero que me viene a la mente es tu ansiedad inusitada, la que vestías de negro y azul. Con todo, lo que más predomina de ese recuerdo son justamente tus manos. Y es que aquel día habías logrado que destacaran a la vista. Y lo hacían en virtud del vigoroso color y la sensual aerodinamia que le habías proporcionado a tus uñas. Si el recuerdo de tus manos viene a mí en este momento con tal intensidad, se debe a dos sucesos. Por un lado, al hecho de que sostuviste mi rojo regalo por más de media hora, mientras deambulabas de un lado al otro, del interior al exterior de la casa. Por otro lado, se debe a las numerosas fantasías que, tanto en el sueño como en la vigilia, en ese preciso instante y en días posteriores germinaron a raíz de aquella inagotable contemplación.

Tras ese primer contacto, retrocedo unos centímetros. Quiera reconocerlo o no, aunque desconozcas el grado de excitación en el que me encuentro, ese contacto, aunque sea mínimo respecto a tu contacto aquel mediodía, tiene las mismas implicancias. Ahora soy yo el que te transgrede. Ahora soy yo el que rompe todas las imposturas. Si freno el retroceso de mi mano, es porque no percibo un rechazo de tu parte. Antes bien, percibo que tu expectación aumenta. Y lo percibo en los leves cambios que acaba de sufrir tu respiración. Aunque es inaudible, noto el movimiento de tu cuerpo entero por debajo de la frazada.

Retomo mi avance con confianza en la misma dirección. Sin sorpresa, vuelvo a sentir el filo de una de tus uñas. Con desbordante emoción, mis dedos comienzan a montarse sobre los tuyos. Uno a uno se deslizan sobre tus uñas, sobre tu piel. Monto la cara externa de tu mano izquierda con mi diestra hasta llegar a tu muñeca. Allí me detengo a efecto de comenzar acariciarte con extrema suavidad. Las puntas de mis falanges sienten toda tu tersura.

Ahora que por fin he llegado a tocar al menos una de las extremidades de tu cuerpo, noto en vos un constante estremecimiento. Mientras se ablanda y comienza girar hacia mi encuentro, tu mano arde. En apenas unos segundos, nuestros dedos, nuestras palmas se encuentran. Ambos tomamos ahora un rol activo en este juego. Tu semblante ha cambiado notablemente, tu respiración es completamente audible.

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Todo en vos me invita a seguirte abordando. Mi mano izquierda sube ahora por la cara interna de tu antebrazo, el cual se encuentra enteramente descubierto. Acaricio incesantemente toda su extensión. Vos respondés acariciando lo que de mi brazo queda a tu alcance. Las yemas de tus dedos generan en mí infinitos y placenteros pulsos eléctricos. Tu respuesta me anima a seguir mi expedición.

Avanzo hasta tu hombro. La elevación de mi brazo hace que tu mano ya no pueda alcanzarlo. Mi mano se cuela por por debajo de una de las tiras de tu musculosa. De esta manera, acaricio con suavidad todo su contorno. Mi pulgar va desde el frente hacia arriba, mientras el resto de mis dedos cubren la parte trasera.

Llegado a este punto, me cuesta decidir por dónde seguir. Tengo dos caminos posibles: tu cuello o uno de tus pechos. Mientras lo pienso, comienzo a sentir como tu mano izquierda comienza a abordar mi rodilla derecha. Ese primer contacto ha sido tan sorpresivo e intenso que potenció notablemente mi erección. Mi respiración se acelera al punto de volverse audible.

Para alcanzar mi cuerpo con tu mano tuviste que alzarte sobre el espaldar del sillón, lo que ha dejado mi mano a centímetros de tu pecho izquierdo. Tal hecho hace que mi dicotomía se resuelva con facilidad. Sin demora comienzo a deslizar lentamente mi mano por el carnoso y suave montículo. A medida que avanzo, a medida que la palma de mi mano comienza a subir, girás el cuello en dirección a la televisión. Por primera vez en casi media hora tu mirada se aparta de la mía. Yo no dejo de contemplarte. Al momento de que la punta de mis dedos llega a tu pezón, siento como tu cuerpo se electriza y entumece, siento como tus uñas se clavan en mi pierna a través del pantalón; una acción involuntaria que se repite cada vez que vuelvo a presionarlo levemente entre mis falanges.


Con el semblante apuntando al techo, los ojos cerrados, las cejas fruncidas, mordiendote los labios para no exhalar un grito, la lectura de tu rostro es fácilmente descifrable; cada gesto denota placer, Contemplarte de perfil me confirma definitivamente que tu nariz es perfecta. La erección de tu pezón me confirma que tu pasión ha despertado.

Mas inconsciente que curiosa, tu mano no se detiene. La siento deslizarse por la cara interna de mi muslo. Avanza y no quiero que se detenga. En escasos segundos aborda con dulzura mi miembro viril. Consciente del contexto, debí tragarme mi gemido tras el primer contacto con la punta de tus dedos. Siento tu mano arder mientras envolvés aquel bulto. Tus dedos, tu palma hacen una envoltura delicada. Mientras ejercés una dulce presión, tus ojos vuelven hacia mí.

El contexto no nos permite emitir palabra alguna. Lo que el otro siente lo descubrimos indagando en sus gestos, en sus acciones. La curiosidad parece mover tu pasión, en tanto que tu mano comienza a desabrocharme el pantalón, a bajar la cremallera con cuidado. Como aquel mediodía, no perdés un solo segundo… muy pronto, tu mano descubre mi carne. Con la mirada fija puesta en mí, ahora sos vos la que contempla mi goce en el contacto. Abordás con la punta de tus dedos mi glande, deslizándolos por debajo del tronco cárnico. Esos mismos dedos descienden hasta mis testículos, mientras siento la extrema tersura de la palma de tu mano sobre la punta de mi verga. Llegás a un punto en que invertís el movimiento, de modo que empiezo a sentir como toda tu piel se desliza de abajo hacia arriba. Cuando vas llegando a la mitad, empiezo a secretar unas gotas de fluido preseminal que untas en tus falanges al retroceder hasta la punta, lugar donde los hacés resbalar repetidas veces.

Desfallezco a tal punto del disfrute que la mano que se situaba sobre tu pecho lo ha abandonado para caer inactiva sobre tu pierna. Consciente de tener el dominio de mi cuerpo, la mano que tenés desocupada llega hasta la mía para envolverla en una tierna caricia. Al sujetarla, siento que comenzás a conducirla a lo largo de tu pierna. Es un viaje lento pero sin pausa. Partiendo desde la rodilla, pasamos por la cara interna de tu muslo. El destino es enteramente descifrable… lo percibo en tus ojos, en tu cuerpo tembloroso. En escasos segundos, me abandonás en una zona extremadamente húmeda y caliente. Al rozar con el índice suavemente en ella, siento como tu otra mano presiona con fuerza mi verga mientras exhalas un suspiro profundísimo.
Excitados sobremanera perdemos noción del contexto. Lo único de lo que somos conscientes es que aún nos quedan zonas del otro por explorar. La humedad de tu tela genera una intriga que debo satisfacer inmediatamente.

De un momento a otro, me encuentro deslizando mi mano desde tu abdomen por debajo de tu calza. Desde que comencé a hacerlo, tu mano comienza a propinarme una masturbación lenta y suave, pero sin pausa. Rodeo suavemente la abertura de tu vagina con mi mis dedos. Al hacerlo siento que he llegado a una zona anegada por tus fluidos… tanto es así que resbalo en ellos… tanto es así que toda la cara interna de mi mano es embebida. Tu cuerpo entero se impacienta. Embriagado por el olor a tu sexo, estoy tentado en penetrarte, pero temo por tu reacción. Solo el roce del contorno de tu jugosa entrepierna te hace exhalar gemidos que sin dudas pueden ser escuchados por el resto de los habitantes de la casa. Estoy tentado en penetrarte, pero temo aún más por mi bestial reacción, por mi brutal deseo de devorar tus labios, tu lengua, tus pechos, tu vagina…