Carta a Inés

1

Disculpame. Con esta acción debe empezar esta carta. Por temor resulté ser evasivo y, tal vez, hiriente. Dije lo que sentía, sí, pero de una manera rebuscada y totalmente escasa. Fui hiriente al hacer un comentario tonto de aquella imagen en la que te veías tan bella como casual. Sabés, me arrepentí al segundo de haberlo escrito. En lugar de expresar todo lo que sentía y siento, decidí ocultarme. Y vaya que había cosas de las que hablar.

2

Desde el principio, te admiro en múltiples planos. Por tu forma de ser, considero que sos una persona muy querible, de una ternura sin igual. Desde nuestra primera charla, admiro tu inteligencia. Admiro tu forma de desenvolverte en la vida. Admiro tu convicción. Admiro tu valentía por emprender misiones a las que pocos se animan. Desde aquella charla tan profunda en nuestro paseo por el Tigre, admiro tu sensibilidad, la que no había descubierto hasta el último día en que te vi.

3

Y bueno, en párrafo aparte debo decir que te admiro también por lo más obvio: tu belleza. Si lo escribo en párrafo aparte no es porque sea lo más importante – lo más importante es NUESTRA AMISTAD-, sino porque fue lo que nos conectó de una manera tan intensa e íntima la última vez. Y fue, a su vez, culpa mía, lo que también nos desconectó.

4

A mí siempre me pareció que vos superás con creces el estándar de belleza impuesto. Y eso sucede porque tenés una serie de rasgos que, quieras o no, te hacen sobresalir. Hay tanto que decir de tu pelo. Tenés un rostro perfectamente simétrico a excepción de tu boca, la cual presenta una asimetría que te hace aún más bella. Es el tamaño de su abertura, tus dientes perfectos, el grosor de tu labios y, ni hablar, el color de tu piel. Tu cuerpo es también fantástico: cada curva y contra curva, tu estatura te hace tan imponente. Podría escribir tanto sobre lo que pienso y siento acerca de tu apariencia, pero no creo que este sea el momento oportuno.

5

Cuando contemplo en retrospectiva lo que nos pasó en aquellas últimas noches de chats, pienso que lo que más me asustó fue la CORRESPONDENCIA de nuestro deseo. Era algo que sabíamos que sucedía, pero que no habíamos confirmado. El texto que te pasé aquella vez, era apenas una ínfinima parte de las innumerables sensaciones y fantasías que tuve y aún tengo con vos. Después de lo hablado en aquellos chats, siempre me sentí en deuda con vos. Y en parte con esta carta busco no solo pedir perdón por las evasivas del pasado, sino terminar de decir lo que no me animé a decir aquella vez ante su sincera pregunta: si yo había sentido deseo por vos.

6

Con todos los rodeos que “aquel temeroso yo” solo podía dar, te respondí que “SÍ”. Pero no me animé a más. Probablemente, de lo que más me arrepiento es de no haber sido claro ante aquella bellísima propuesta suya: la de compartir textos eróticos entre nosotros. Y es que tras esa respuesta tan escueta de mi parte, ese “sí, te deseo”, hay una cantidad innumerable de fantasías que comenzaron prácticamente desde el primer día en que te conocí: aquel día de verano en 2015. Desde ese día tan brillante, comencé y no pude dejar de admirarte. Tanto es así, que hasta el día de hoy aún tengo fantasías con aquella Inés vestida con su jardinerito. Y es que en ese “sí, te deseo”, debí decirte que fantaseo con vos desde aquél día. El relato que te pasé, lo empecé a escribir desde aquellos días. Por eso es que percibiste lo que percibiste en mimirada cada vez que nos volvíamos a encontrar.

7

Probablemente lo más fuerte sucedió las veces que tuvimos mayor intimidad. Como sucedió la vez que paseamos en auto. Ese día tuve una serie de erecciones espontáneas como nunca había experimentado en mi vida. La tuve cuando supe que habías llegado a mi ciudad e iba de camino a buscarte. Experimenté otra erección cuando te tuve tan cerca sentada en mi cama. Me volvió a suceder -sin duda la más intensa- cuando me abrazaste por detrás en aquel puente. No sé si recordás enteramente la secuencia. Vos me rodeaste completamente con tus brazos por mi espalda. No sé si te diste cuenta, pero mi erección estaba tocando tu brazo derecho. Y es que fue inevitable, no solo por lo que implicó el abrazo en sí mismo, sino porque apoyaste tu rostro sobre el mío y, aunque fue de costado, nuestras bocas quedaron tan cerca. Tuve otra erección espontánea mientras manejabas, dado que los roces eran inevitables. Ya te imaginarás las fantasías que surgieron de cada una de estas situaciones.